Blog personal de un estudiante del Instituto de Ciencia y Tecnología de Concepción
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Entrevista a Gabriel Laufer (un espíritu brillante)

Desde el alma
“En este momento en que mis impedimentos físicos son cada vez mayores, mi mundo interno se expande y toma forma en mis pinturas. Reformulo las reglas a partir de mi interior, invitando a descubrir y a ver más allá de lo que pinto.”

Gabriel Laufer

Ese fue el texto elegido por Gabriel a modo de participación a su primera muestra, en el Centro Cultural General San Martín, que bautizó “Pinturas del Alma”. Quienes vieron sus obras, quienes lo conocen personalmente saben que no podría haber puesto un xxx más adecuado. Porque Gabriel no sólo pinta desde el alma, él vuelca toda su rica interioridad en cada gesto, palabra y acción.

Gabriel tiene 32 años y desde hace 10, vive con Esclerosis Múltiple (EM), una enfermedad neuromuscular que afecta al sistema nervioso central. “Se puede ser feliz a pesar de cualquier adversidad. Yo me sé y me siento un tipo con suerte”, asegura desde su silla de ruedas.

– ¿Aun a pesar de una enfermedad que te impone tantas limitaciones, pensás así?

– La enfermedad es una gran maestra. Estoy lejos de pensar: “Uy, tengo EM, pobre de mí!” Creo que todos atravesamos por circunstancias que nos ponen a prueba en la vida. No es más dramático lo que me pasa a mí que lo que le sucede a cualquier otra persona. Podría suponer que yo soy el que está peor porque estoy en una silla de ruedas. ¿Es lo que quiero? Y no, claro que no, pero seguramente es lo que necesito. No festejo mis limitaciones, tampoco las condeno. Porque, como todos, tengo mucho más de lo que me falta. Yo no soy sólo este cuerpo. Soy mucho más de lo que me pasa.

– ¿Cómo te vinculaste con el arte?

– Paradójicamente, fue a través de las limitaciones físicas. Aunque la pintura es algo que sentí desde siempre, llegó en un momento en que mis manos empezaron a temblar. No podía usar un pincel, pero eso no significaba que no pudiera pintar, sino que debía hacerlo con las posibilidades que tenía. Débora, mi maestra de pintura, me enseñó nuevas técnicas para que pudiera expresarme con libertad.

– ¿Cómo es tu proceso de creación?

– Si estoy contento, pinto. Si estoy triste o siento bronca, pinto. Lo hago desde el sentir. Es él quien me va dictando colores, formas, figuras que el rodillo hace aparecer sobre el papel apoyado en una mesa sostenida por caballetes. Así de simple y de mágico es el proceso de mis obras. En mi primera muestra, fue muy fuerte ver cómo algunas personas se emocionaban frente a una de mis pinturas. Había pensado que podían gustar más o menos, pero que alguien se emocione al contemplarlas, no estaba en los cálculos. Es buenísimo poder transformar algo doloroso en otra cosa que pueda resultar positiva o agradable para los demás.

– ¿De qué depende esa transformación?

– Depende de uno transformar las circunstancias de la vida, empezando por la percepción que cada uno tiene de lo que le está pasando. Recuerdo, por ejemplo, el . Lloraba sin parar, no quería aceptarlo. De repente, entre lágrimas, me di cuenta de que gracias a ese bastón, podía mirar el cielo. Y seguí llorando, ya no de pena, sino de agradecimiento. Porque cuando tenés dificultades de equilibrio, sólo mirás el suelo, y darme cuenta del cielo fue alucinante. La gran mayoría de la gente cree que la vida termina en la planta baja y se priva de ver la belleza que hay más arriba.

– Ojalá todos compartiéramos tu manera de comprender la vida.

– Durante mucho tiempo estuve condicionado a “estoy bien o mal” dependiendo de cuán bien o mal estuviera mi cuerpo. A partir de la enfermedad inicié un camino de búsqueda, de interioridad guiado por Stella Maris, directora de la Fundación Salud. Con su ayuda aprendí a aceptar y a regirme por dos leyes esenciales: la ley de impermanencia y la de incertidumbre.

– ¿Cómo se aplican a la vida cotidiana?

– Vivimos tratando de aferrarnos a la ilusión de lo “seguro”: una relación, un trabajo, la salud, una posición económica… Nos angustia, nos desespera la posibilidad de perder el control sin darnos cuenta de que lo único que tenemos es el presente, el aquí y el ahora, pues todo lo demás es incierto, pues todo pasa. ¿Quién sabe qué nos depara el futuro? ¿Quién sabe si voy a estar siempre en esta silla de ruedas? No pienso preguntárselo al médico. El tendrá su opinión “segura”. Yo sé que la vida es mucho más grande de lo que te puedan venir a explicar. Por eso, con conciencia, elijo estar abierto al misterio y a la sorpresa de cada día. Por eso elijo a cada instante, pintar el paraíso, entrar en él y compartirlo.