Blog personal de un estudiante del Instituto de Ciencia y Tecnología de Concepción
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La guerra y Hemingway, la influencia de la Primera Guerra Mundial en su obra

Una de las mentes brillantes de la literatura universal, Ernest Hemingway, quien fue periodista y escritor ganó a comienzos de la década de los 50, tras ser premiado en 1953 con el Premio Pulitzer y un año después llevándose el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo hay un elemento clave su vida: La guerra y Hemingway, la influencia de la Primera Guerra Mundial en su obra.
Ahora bien el paso del norteamericano por la primera gran batalla, no fue algo simple, ya que para comienzos de (último año de la contienda) acudió a un llamado de las fuerzas aliadas reportándose en junio tras haber acudido a unas rondas de reclutamiento en Kansas (Estados Unidos).

Su misión fue desempeñarse como conductor de ambulancias en Italia, refiriendo que al mes siguiente de su incorporación, fue herido por un disparo de un mortero, sin embargo esto no le impidió rescatar a un soldado del llamado “País de la Bota”, lo que le valió ser reconocido con la Medalla de Plata al Valor Militar de Italia.

Pero la cuestión que nos atañe es lo que le aportó a Hemingway su paso por la Primera Guerra Mundial, y una muestra de ello es su obra Adiós a las Armas (1929) la cual narra casi como una autobiografía el romance de un voluntario norteamericano y una enfermera de origen inglés.

El mencionado habla sobre lo idealista de la guerra, además del carácter heróico, la valentía de sus figuras y el fatal destino de sus protagonistas.

Vale resaltar que la batalla inicial Hemingway regresó a tierras norteamericanas y le costó adaptarse a la que era su rutina de actividades, y con apenas 20 años tenía un nivel de madurez, que no iba acorde con su vida hogareña y sin tener trabajo.

A finales de 1919 empezó a laborar como trabajador independiente y corresponsal de un diario canadiense, Toronto Star Weekly, para luego mudarse a Chicago en 1920 a residir en un lugar con unas amistades, pero sin dejar de lado sus compromisos con el rotativo canadiense.

Posteriormente estuvo en Italia y seguidamente logró un acuerdo para desempeñarse como corresponsal de la Guerra Civil Española llegando a tierras ibéricas en marzo. Y luego tuvo unas discusiones con una de sus amistades, John Dos Passos, tras sustituirlo debido a labores que tenía que cumplir este último.
Fue así como seguidamente inició su trayectoria literaria llevándolo a crear textos novelísticos como Aguas primaverales y Fiesta, ambos en 1926, su renombrada creación Adiós a las armas de 1929, y en el que indudablemente basó la historia en su paso por la Primera Guerra Mundial.

Y luego surgieron otros éxitos que aumentaron su nivel como Tener y no tener (1937), Por quién doblan las campanas (1940), Al otro lado del río y entre los árboles (1950) y otras cuatro producciones más, sumado a que hay que agregar en su bibliografía diez libros más.

En la década de los 50 tuvo una época de ensueño, ya que fue premiado con el Premio Pulitzer (1953) por su texto El Viejo y el Mar, además de que se alzó con el Premio Nobel de Literatura.

Posteriormente transcurrió aparentemente su vida de manera normal, sin embargo el desenlace de su paso por el plano terrenal dejó una muestra, que tal vez marca la interrogante de que si le afectó las distintas guerras a las que se presentó.

El afamado escritor fue encontrado en su vivienda el 2 de julio de 1961 en el estado de Idaho (Estados Unidos) con una herida en su cabeza por un disparo de arma de fuego. La policía estableció comunicación con la esposa del también periodista, quien informó de lo sucedido.

Ante esto los funcionarios acudieron al lugar de los hechos y hallaron a Hemingway sin vida teniendo al lado una escopeta de calibre 12 con doble cañón y uno de ellos había tenido actividad, lo cual presumió que el móvil de su muerte habría sido el suicidio.

¿Debe una pareja decirse siempre la verdad?

Cuando se está tratando de analizar la verdad, no podemos tenerla juzgada de antemano, ni favorable ni desfavorablemente. Sin embargo, los méritos de la verdad resultan evidentes bajo el más ligero examen.

La verdad es la representación de algo que existe o ha existido. La mentira es la representación de algo que no ha existido hasta el momento, con la peculiaridad de que lo representa como si hubiera ocurrido. En eso se diferencia de la fantasía; una novela, por ejemplo, nos cuenta sucesos ficticios, pero está sobrentendido que se trata de una invención, y no pretende hacernos creer que los mismos sucedieron. La mentira sí, por eso es un engaño, y tiene el defecto de la contradicción.

La verdad tiene la ventaja práctica, ilustrada por el célebre cuento del pastor bromista que avisaba mentirosamente de la proximidad del lobo, hasta que, cuando el lobo se presentó de veras, nadie lo creyó. La verdad es, por tanto, el mejor punto de referencia para que las personas puedan comunicarse y entenderse.

De manera que, en principio, la verdad debe prevalecer. Es decir, debe decírsela cuando no hay razones verdaderamente poderosos para ocultarla. Ahora bien, ¿quién puede determinar cuál es una razón poderosa para callar la verdad? Eso ya depende en alto grado de las circunstancias, de la opinión, y del temperamento de cada uno, así como de la cantidad de videos caseros que se tengan el uno con el otro.

En caso de duda, hay quien toma el camino intermedio: no dice una mentira, pero tampoco dice la verdad; es decir, se queda callado. Entonces, una cosa es callarse y otra es expresar una mentira, aunque hay casos en que, cuando se guarda silencio, se está implicando un hecho falso y, en estas circunstancias, ambos términos sí cobran el mismo sentido. Por otro lado, en aspectos de la lealtad, se puede admitir que, aunque hay una diferencia entre callarse inofensivamente la verdad y mentir, lo que existe entre ambos conceptos es una diferencia de grado, no de calidad.

Cuando alguien se justifica ante sí mismo el guardar silencio, o incluso el mentir, ¿a título de qué lo hace? Pues a título de un interés más alto que el de la verdad que pudiera expresar en cambio, un interés tan alto que valga la pena faltar a lo cierto.

Pero, ¿cómo vamos a saber cuándo ese interés es efectivamente mayor que el de la verdad? Puede tratarse de un interés egoísta y malévolo, como cuando se apela al embuste para obtener ventajas que no se merecen. Pero estamos hablando de otros intereses, que son legítimos por derecho propio, como el de mantener las buenas relaciones y la felicidad en la relación de pareja.

Entonces, ocultar la verdad nunca se justifica cuando ello conduce a una situación que es falsa de por sí, pero puede justificarse cuando la situación resultante es veraz. Por ejemplo, las mujeres desnudas que son infieles a su esposo y se lo oculte, crea una situación de aparente armonía conyugal; es decir, sus relaciones con el marido son falsas; aquí la ocultación de la verdad lleva a una situación de mentira. En cambio, si el episodio únicamente involucra un beso intrascendental, la situación de continuada felicidad matrimonial que prevalecería, sería real y verdadera porque el incidente no responde a un verdadero interés.