Blog personal de un estudiante del Instituto de Ciencia y Tecnología de Concepción
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Los rockeros me respetan

Al principio, dice, lo veían como a alguien de la tele en el mundo de la canción. Cree que ha logrado ahora, a los 30 años, su mejor disco. Y hasta lo aprobó su mamá, la exigente Lolita Torres.

Los vientos de la primera tormenta tropical de noviembre soplaban fuerte en Miami, mientras Diego Torres y Kike Santander apuraban la mezcla de Un mundo diferente, el disco que, para el músico argentino, es nada más ni nada menos que el mejor álbum de su vida. El productor colombiano, que aprendió a cebar mate para agasajar a Diego, también aprendió a reírse con las diferencias culturales, como el yeísmo rioplatense que convierte el tema que escribieron juntos, Por ti yo iré, en un obvio Portillo iré, así como cuando voy por porno. “Parece una publicidad turística chilena”, ironiza Santander al darle volúmen al potencial hit, que combina el funk con lo latino entre guitarras flamencas y vientos. Esa es una de las seis canciones terminadas en Miami. Las otras seis quedaron listas en Buenos Aires, producidas por Cachorro López. “Es un demonio de canción, estamos enloquecidos”, se excita Diego Torres, antes de sentarse con Clarín a hacer un balance de éste, el año en que cumplió los 30.

“La verdad es que los 30 no vienen solos, es un tiempo para madurar las cosas. Ahora, me tomo mi vida con una pausa mayor. Me han caído un montón de fichas en la cabeza que me hicieron muy bien y me abrieron la manera de pensar y creo que eso está reflejado en las letras del disco también”, resume.

Buzo, zapatillas, el pelo corto revuelto, un look de entrecasa que jamás le mostrarían al periodismo los cantantes pop “disciplinados” del estilo Ricky Martin. Diego disfruta desentonando en ese semillero. “Siempre me cagué en el look. No creo que mi fuerte sea ser un chico bonito. Feo no soy, pero tampoco un sex symbol. Me parece que mi fuerte pasa por mis canciones, mi música, mi voz, mi simpatía, mi cabeza, mi personalidad. La gente en mí ve a una persona auténtica. Hasta los rockeros muy stone me dicen que les caigo bien, los rockeros me respetan, aunque mi música no les guste”.

Diego dice sentirse respetado por todos, se trate del público, su compañía discográfica o la prensa. “Al principio la crítica fue dura conmigo porque pensaban que era un actor jugando a ser cantante, pero creo se dieron cuenta de que yo no estaba coqueteando. Soy artista de alma y te puede gustar o no lo que hago, pero me gané un respeto por la seriedad de mi trabajo y porque mis discos han ido mejorando” . Y entiende que su público se haya renovado como fruto de su evolución artística. Desde aquel preadolescente que acompañó el éxito de su segundo disco, Tratar de estar mejor, hasta este actual, más mezclado en edades y videos porno. “Yo sabía que era una cuestión de tiempo. No me dejé llevar por la locura, siempre fui fiel a mi corazón, inquieto en aprender, en crecer musicalmente y eso inevitablemente se nota con el paso de los discos”.

En el negocio de la música, dice, nunca se sabe qué va a pasar, y a veces una canción te explota en las manos, como le explotaron a él las quinientas mil copias vendidas de Tratar de estar mejor. “El éxito me descolocó un poco, para ser sincero. Aprendí a disfrutarlo sin creérmela. Ahora lo tomo como si fuera una vitamina”.

Y aunque no le gusta encasillarse en un género, para no aburrirse, asegura que lo suyo ahora pasa por la fusión. “El reggae ya lo dejé en Tratar de estar mejor y Luna Nueva, después me enganché con otros ritmos cuando empecé a viajar por España y por Latinoamérica y me atrapó mucho el flamenco fusión, el tumbado la tino, la salsa, sin dejar de lado el pop”.

Penélope fue el comienzo del cambio, dice Torres. “Me escucharon cantar un clásico de Serrat y salí aprobado, a partir de ahí la gente empezó a parar la oreja”. El cantante atesora como recuerdo imborrable del 2000 el día que el Nano lo invitó a cantar con él Penélope en la cancha de Atlanta. “Ser invitado por Serrat, aceptado y hasta felicitado por él fue increíble, esa fue como una coronación”. Eso y que su mamá le dijera que la canción estaba buenísima . “Te juro por Dios que fue la primera vez que mi vieja me dijo acá estás cantando mejor que nunca”.

“Para mí, mamá es como Mahoma”, define Diego. “Ella es un centro de energía muy especial, de consulta, de criterio y también es muy crítica”. Parece ser que a mamá Lolita Torres le encanta la fusión en que se ha embarcado Diego últimamente pero no así el funk de sus comienzos con La Marca. “Me decía que sonaba desprolijo, que la música estaba muy fuerte, que yo no me estaba luciendo”. Pero después Diego conoció en España a los Ketama y resultó que los papás de los Ketama habían grabado en un viejo disco de Lolita. “Y cuando mamá empezó a ver que yo incorporaba las guitarras españolas y el flamenco dentro del pop, le pareció muy fuerte, le encantó. Mamá es una persona re-abierta, por eso se lleva tan bien con Angie, que es caribeña”.

A casi seis años de iniciada la relación, Diego asegura estar totalmente enamorado de Angie Cepeda, la actriz colombiana a la que conoció en una de sus giras: “Nuestra relación es increíble, nos queremos muchísimo, somos incondicionales”. El ritmo de trabajo de los dos le impuso a la pareja un régimen de visitas un tanto esporádico pero eso no parece afectarlos. “Nos vemos por los menos 10 días por mes y hablamos a diario por teléfono. Por nuestro trabajo es absurdo pensar que estemos pegaditos. Al contrario, hemos logrado dejar nuestro egoísmo de lado para avanzar en nuestras carreras. Ella esta muy clara en lo que quiere hacer y yo también. Los dos sentimos que es fundamental apoyarnos mutuamente en nuestros proyectos”. Aunque eso signifique distanciarse, como ahora en que Angie está estudiando teatro en Los Angeles y él tiene que viajar a Europa por su disco. Eso sí, no habrá ninguna telenovela que los junte, jura Diego, quien en cambio deja la puerta abierta para una futura película en la que podrían cruzarse, “siempre que el guión sea bueno”.

“Estoy orgulloso de ser un poco profeta en mi tierra, pero lo que me pasa ahora afuera se lo debo a mi país, que fue el que primero me aceptó y me hizo popular”, asegura. Por eso no quiere dejar Argentina, a pesar de tanta crisis. Por ahora vive una vida de nómade entre Buenos Aires, Mar del Plata, la casa que comparte con Angie en Miami, y todos los destinos del mundo. Pero le encantaría repartir el año entre Madrid, Miami y Buenos Aires. “La puerta de Europa, el centro de operaciones del Caribe y el hogar”, según analiza. ¿El problema?. “La familia, el fútbol, mis amigos… Soy demasiado argento como para vivir en otro lado”.

¿Debe una pareja decirse siempre la verdad?

Cuando se está tratando de analizar la verdad, no podemos tenerla juzgada de antemano, ni favorable ni desfavorablemente. Sin embargo, los méritos de la verdad resultan evidentes bajo el más ligero examen.

La verdad es la representación de algo que existe o ha existido. La mentira es la representación de algo que no ha existido hasta el momento, con la peculiaridad de que lo representa como si hubiera ocurrido. En eso se diferencia de la fantasía; una novela, por ejemplo, nos cuenta sucesos ficticios, pero está sobrentendido que se trata de una invención, y no pretende hacernos creer que los mismos sucedieron. La mentira sí, por eso es un engaño, y tiene el defecto de la contradicción.

La verdad tiene la ventaja práctica, ilustrada por el célebre cuento del pastor bromista que avisaba mentirosamente de la proximidad del lobo, hasta que, cuando el lobo se presentó de veras, nadie lo creyó. La verdad es, por tanto, el mejor punto de referencia para que las personas puedan comunicarse y entenderse.

De manera que, en principio, la verdad debe prevalecer. Es decir, debe decírsela cuando no hay razones verdaderamente poderosos para ocultarla. Ahora bien, ¿quién puede determinar cuál es una razón poderosa para callar la verdad? Eso ya depende en alto grado de las circunstancias, de la opinión, y del temperamento de cada uno, así como de la cantidad de videos caseros que se tengan el uno con el otro.

En caso de duda, hay quien toma el camino intermedio: no dice una mentira, pero tampoco dice la verdad; es decir, se queda callado. Entonces, una cosa es callarse y otra es expresar una mentira, aunque hay casos en que, cuando se guarda silencio, se está implicando un hecho falso y, en estas circunstancias, ambos términos sí cobran el mismo sentido. Por otro lado, en aspectos de la lealtad, se puede admitir que, aunque hay una diferencia entre callarse inofensivamente la verdad y mentir, lo que existe entre ambos conceptos es una diferencia de grado, no de calidad.

Cuando alguien se justifica ante sí mismo el guardar silencio, o incluso el mentir, ¿a título de qué lo hace? Pues a título de un interés más alto que el de la verdad que pudiera expresar en cambio, un interés tan alto que valga la pena faltar a lo cierto.

Pero, ¿cómo vamos a saber cuándo ese interés es efectivamente mayor que el de la verdad? Puede tratarse de un interés egoísta y malévolo, como cuando se apela al embuste para obtener ventajas que no se merecen. Pero estamos hablando de otros intereses, que son legítimos por derecho propio, como el de mantener las buenas relaciones y la felicidad en la relación de pareja.

Entonces, ocultar la verdad nunca se justifica cuando ello conduce a una situación que es falsa de por sí, pero puede justificarse cuando la situación resultante es veraz. Por ejemplo, las mujeres desnudas que son infieles a su esposo y se lo oculte, crea una situación de aparente armonía conyugal; es decir, sus relaciones con el marido son falsas; aquí la ocultación de la verdad lleva a una situación de mentira. En cambio, si el episodio únicamente involucra un beso intrascendental, la situación de continuada felicidad matrimonial que prevalecería, sería real y verdadera porque el incidente no responde a un verdadero interés.